Mi viaje en Costa Rica…(Paloma)
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Cuando Julio me pidió que escribiera sobre esto se me escapó una sonrisa, y luego otra.
Efectivamente hubo un viaje que cambió mi vida. O quizás sea mejor decir que decidí cambiar mi vida mediante un viaje.

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Básicamente yo en 2008, a mis 26 años, era… pues como tantas personas. Gente afortunada. Tenía un trabajo que me gustaba, de lo mío y más o menos fijo, me estaba comprando una casa sobre plano en Paracuellos del Jarama, tenía amigos, pareja. Por supuesto algunas cosas no marchaban demasiado bien, pero supongo que viene siendo lo que nos pasa a todos, ¿o no?. Sin embargo, algo bullía por ahí dentro. Llevaba ya años con la idea taladrante de volar… De que mi vida no podía limitarse a esa rutina. Cada vez que veía un programa tipo Españoles por el mundo me revolvía hasta la médula. Pensaba que ellos sí habían tenido valor.

Paloma en Costa Rica (12)Y en estas que me puse a mirar opciones de trabajo o de ONG fuera de España. En mi caso, madrileña, veterinaria y loca de la naturaleza, buscaba un Paraíso Salvaje. Y mar… Pero no acababa de saber por dónde empezar, no tenía un hilo del que tirar. Y los meses pasaban. Totalmente perdida como me sentía, iba comentándolo en voz alta con todo el mundo. “Me quiero ir, pero no sé ni a dónde ni a hacer qué…”.

Hasta que en una de esas, un nuevo compañero de trabajo me hizo la pregunta mágica que, en ese momento, yo aún no sabía que cambiaría mi vida: “¿¿te gustan las tortugas marinas??”. Resulta que tenía un antiguo compañero de tesis que se había ido a Costa Rica a trabajar en un proyecto con tortugas. La pega es que no sabía cómo contactarle ya que las últimas noticias que tenía de este chico, eran que vivía en un lugar muy aislado sin cobertura de teléfono ni internet. Sin embargo, le insistí para que diéramos con él y tras varias semanas, descubrió que volvería a casa por Navidad, un clásico. A todo esto faltaban varios meses par aquello, y yo seguí mirando cosas, pero con una esperanza cada vez más grande en aquel rayito de luz.

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Y llegaron las navidades. Y quedamos en un bar de Lavapiés. Recuerdo cada detalle de aquel lugar y aquel encuentro. La absurda tapa de lentejas que nos pusieron, la música de los 80 que sonaba, el pañuelo palestino que llevaba David, que así se llamaba el muchacho… En fin, ¡estaba cambiando mi vida y yo lo sabía! me contó que en junio (¡6 meses después!) iba a necesitar un ayudante de investigación para su proyecto. Y que, si yo quería, contaba conmigo. Se detuvo el mundo creo. Pasé el resto del tiempo interrogándole sin piedad sobre los detalles de aquel lugar y del trabajo para la Fundación Corcovado, que, aunque no estaba pagado realmente por ser tipo ONG local y pequeña, al menos me cubriría los gastos.

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Fueron los 6 meses más largos del mundo. Ya no le veía el final a mi vida de entonces. Algún tiempo antes de aquellas navidades había roto con mi pareja, el trabajo que tenía pasó a pesarme como una losa y decidí devolver la casa que estaba comprando a la promotora. Soltaba lastre, cortaba amarras… Aunque no fue fácil despegar. Teniendo ya un vuelo cogido tuve que perderlo por un desastre familiar. Pero compré otro, que también perdí. Ya, parece surrealista, pero algo parecía no dejarme ir. Sin embargo, cogí el tercer billete y aterricé en San José de Costa Rica después de un vuelo demasiado barato de 23 horas con dos escalas infames. Aún tenía todavía por delante otro avión más para llegar a Progreso, el pueblecito remoto de la Península de Osa donde me esperaban David y el proyecto.

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Entonces enfermé. Uno de mis riñones no funciona demasiado bien y aún tuve que demorar el viaje a Progreso 9 días más, los que estuve hospitalizada en una clínica de San José. Allí, sola y encontrándome fatal pensé que estaba realmente loca. ¿Qué hacía yo allí?, ¿en qué momento pensé que todo aquello era una gran idea, y más aún con mi enfermedad?. Pero me respondí: pues en muchos momentos, en demasiados de hecho. Así que cuando me dieron el alta… Volé de nuevo. Y llegué a aquel lugar perdido de la mano de dios sin cobertura, carreteras asfaltadas ni nada que me fuera conocido. Salvo David. Cuando le vi por fin estaba barriendo la zona de hamacas del campamento. Y nos dimos uno de los mejores abrazos que tendré en mi vida.

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El sitio era un sueño para mí, aunque duro. Me costó adaptarme a la humedad extrema y al trabajo físico intenso que nunca antes había hecho. ¡Pero valió tanto la pena! Podría pasarme horas describiendo las vivencias, la gente que conocí entonces… Pero en resumen diré que encontré lo que estaba buscando. Alterné el trabajo en el proyecto con los viajes por Latinoamérica mochila a cuestas.

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Vi volar guacamayos en libertad, asistí al milagro de la puesta de huevos de las tortugas marinas, ¡de las 4 especies que habitan Caribe y Pacífico! Cociné en hostels, fabriqué y vendí artesanía, trabajé en la rehabilitación de una granja de cultivos orgánicos, nadé en las playas más maravillosas, me encontré con las policía venezolana, con el ejército Nicaragüense, con los caudillos de la droga en Honduras. Pesqué pargo rojo, cogí piangüas de manglar, vi a la gran danta y al marguei, tomé la bebida de hibiscos con los kunas de verdad. Y pude charlar horas interminables con tanta gente buena, diferente a mí y a la vez tan parecida… Así me dieron casi 3 años.

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¿Y después? Pues volví. Sin más. Llevo en España desde 2012. Y estoy muy bien aquí, hice mi hueco. Tras recorrer tantos sitios poco a poco fui necesitando regresar. Casi sin darme cuenta me descubrí añorando detalles que antes me sobraban de mi rutina española. Aunque también tenía claro cosas por las que ya no iba a pasar. Ahora vivo en una casita con jardín medio campestre medio urbana en Mallorca. Estoy embarazada de mi primera nena. Quiero con locura a mi pareja y mis lugares favoritos del mundo son nuestro sofá y el campito por el que paseamos cada día a nuestras perras. Las playas de esta isla me parecen tan bonitas como las de Cayo Sombrero y las tapas de lentejas con una cervecita y amigos me parecen gloria.

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Ahora cuando veo Españoles por el mundo siento… ¿Paz? Sé que si no me hubiera ido, no hubiera podido perdonármelo y desconozco hasta qué grado de frustración y amargura me hubiera llevado aquello. Soy definitivamente otra persona, ni mejor ni peor, pero mi viaje me ha modelado sin remedio. Y sólo puedo sentirme agradecida. A todo lo vivido y a mi misma por haber tenido suficiente valor para vivirlo.

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Si alguien por ahí está pensando en dar un paso parecido al mío, le diré que puede irle muy bien o quizás no tanto (realmente creo que depende mucho de la actitud con que se camine), pero que las experiencias siempre suman y que, quedarse con las ganas, pues… no tanto.

Fdo: Paloma

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